Vacaciones en Verona en tiempos de virus corona

Cuando recién me había mudado a Holanda tenía ganas de explorar destinos bien diferentes a mi Buenos Aires natal. En el 2019 había explorado el Reino Unido, Rusia, Alemania, Bélgica, entre otros países. Directamente descartaba Italia y España porque, en mi imaginación, no tenían nada diferente a Argentina. Conocía España, pero a pesar de tener fuertes conexiones familiares con Italia, la descartaba. Me parecía demasiado similar a Buenos Aires. Estaba en lo cierto: sí era similar, pero también con muchas diferencias. Apenas llegué a Italia, sentí su calor veraniego y su sol amarillento, y me sentí de nuevo como en casa… o como en una casa lejos de casa, que sigue siendo casa. Fue muy gratificante sentir esa sensación conocida en un nuevo lugar.

Vista aérea de Italia y el lago Garda.

Después de cinco meses de confinamiento en mi departamento en Ámsterdam por el COVID (interrumpidos por un paseo en bicicleta por Haarlem, y varias tardes en los parques de la ciudad), decidí que era hora de reestrenar los viajes turísticos dentro de Europa. Convencí a mi novio de que viajar iba a ser seguro, y empecé a buscar pasajes por Skyscanner. Originalmente, quería conocer Venecia, ya que siempre me había parecido muy romántica, pero los pasajes estaban un poco caros: más de 150 euros por persona, ida y vuelta. Seguí explorando opciones y encontré pasajes Ámsterdam-Verona a solo ochenta y ocho euros, y un tren que conectaba ambas ciudades en aproximadamente dos horas, por once euros más. Saqué los pasajes, y decidí aventurarme a viajar en época de virus corona.  

Italia había sido epicentro de la pandemia hacía unos meses, pero en julio de 2020, cuando viajamos, ya todo estaba prudentemente normalizado. De todas formas, era obligatorio utilizar mascarilla en todos los lugares cerrados. Era posible ir a cenar a un restaurant, y obviamente no utilizábamos mascarilla cuando estábamos sentados en las mesas con el plato de comida enfrente, pero sí cuando nos levantábamos para utilizar el toilette. Comprar un cono de helado era toda una hazaña: había que pedirlo con la mascarilla puesta, luego sentarse en la mesa y, sosteniendo el cono con una mano, quitarse la mascarilla con la otra, mientras el helado comenzaba a derretirse. Los italianos, muy elegantes, también tenían la moda del barbijo enganchado en el brazo.

Utilización no adecuada del barbijo.

No sabía mucho de Verona, excepto que era el lugar en el que se situaba la historia de Romeo y Julieta, escrita por Shakespeare. No sabía que eso, en realidad, era un montón. Verona es literalmente una ciudad salida de un cuento, aunque el orden cronológico de esas realidades esté invertido. Yo había conocido Verona mediante un libro ilustrado, hacía más de quince años atrás. Recuerdo copiar los dibujos y memorizar las frases románticas sobre la luna que Montesco le pronunciaba a Capuleto, separados por el balcón y el odio, pero unidos por alguna fuerza inexplicable. Fue realmente emocionante caminar por esas calles en las que se habían basado esas ilustraciones; todo era tal cual: los ventanales, las plantas, las cortinas… Sentía que esa ciudad de alguna forma ya era parte de mí, pues había estado allí muchas veces antes, a través de esas páginas y también de su parecido con Buenos Aires.

Busto de William Shakespeare.

Nos quedamos en un Bed and Breakfast que habíamos reservado por Booking.com. Si bien habíamos reservado la habitación básica, nos dieron un upgrade a una mejor habitación, ya que no había otros turistas. El cuarto era antiguo, pero muy cómodo. Prácticamente no había viajeros internacionales; de todas formas, la vida parecía ser muy activa: los bares y restaurantes estaban llenos, y se veía gente paseando por las calles.

En el segundo de nuestros tres días en Verona, fuimos a una excursión a los viñedos de Valpolicella. El paisaje era alucinante, y la experiencia no tenía comparación. Esa misma tarde, un poco borrachos, exploramos las calles del centro. El arte estaba a cada paso. En una plaza había una feria de artesanías junto a una fuente llamativa, y a pocos metros estaba la calle comercial con negocios de las marcas más distinguidas. Todo combinaba a la perfección y se complementaba en armonía. Las referencias a Shakespeare en inglés e italiano me volvían loca, y estaban por todos lados.

Los italianos hablaban con el mismo ritmo que los porteños, y gesticulaban de la misma manera. Me empaché de Campari y comida deliciosa. Volví a ver uno de los mejores inventos: el bidet. Sentí extrema cercanía al ver el nombre Garibaldi en estatuas, y la forma en la que quemaba el sol en verano. Todas las plazas podían ser alguna plaza de Adrogué, y todos los árboles eran doppelgangers de los árboles de Lomas de Zamora. Sin embargo, el sur del conurbano bonaerense no tiene un tremendo Coliseo, castillos, palacios, ni puentes de piedra sobre aguas turquesas. Sentí mucho orgullo de ser ciudadana italiana, y de saber que Italia está a tan solo 1200 kilómetros de mi nuevo hogar.

En resumen:

IDEAL PARA: ir en pareja, un buen amigue con quien sentarte a charlar de la vida en algún café, o con un buen libro e ideas para escribir.

LUGAR IMPERDIBLE: Casa de Julieta, y caminar a orillas del Río Adigio

INFALTABLE: Campari y vinos tintos.

NOTA: el calor en julio era agradable, pero no sofocante.

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2 comentarios sobre “Vacaciones en Verona en tiempos de virus corona

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